Propiedad intelectual e industrial

Tu empresa puede tener un gran activo digital y no ser capaz de demostrar que es suyo

Lo esencial: una empresa puede tener software, una marca, contenidos y tecnología con mucho valor y, sin embargo, no tener bien asegurado jurídicamente quién puede utilizarlos, explotarlos o transmitirlos. El problema casi nunca es la falta de un registro: es no haber consolidado correctamente la titularidad de lo que la empresa ya está usando, algo que suele descubrirse justo cuando menos conviene, en una due diligence de inversión o de venta.

La propiedad intelectual suele preocupar cuando ya es demasiado tarde

La propiedad intelectual tiene una peculiaridad frente a otros activos de una empresa: normalmente no da problemas mientras todo funciona. Un contrato mal negociado puede generar un conflicto de inmediato. Una factura impagada afecta a la tesorería. Una caída del servidor afecta al negocio.

Con la propiedad intelectual ocurre algo distinto. El software sigue funcionando aunque el contrato con el desarrollador nunca regularizara correctamente su titularidad. La marca sigue apareciendo en la web aunque nunca se haya registrado. El contenido generado para la empresa sigue publicándose aunque nadie haya comprobado qué materiales de terceros se han utilizado para producirlo.

El problema aparece más tarde, y muchas veces aparece precisamente cuando la empresa está creciendo, buscando inversión o preparando una operación corporativa.

El problema no suele ser la ausencia de un registro

Cuando se habla de propiedad intelectual, es habitual pensar inmediatamente en registrar una marca, depositar un software o proteger una creación. Pero en una empresa digital, una parte importante del problema está antes del registro: determinar quién tiene los derechos sobre aquello que la empresa está utilizando.

¿El software desarrollado por un freelance pertenece realmente a la empresa? ¿El contrato con la agencia contempla adecuadamente la cesión de derechos? ¿Los empleados han generado código, diseños o contenidos y está correctamente regulada su titularidad? ¿La marca que lleva años utilizando la empresa está protegida? ¿El contenido que publica incorpora materiales de terceros? ¿Puede demostrar documentalmente el origen y la cadena de titularidad de sus activos?

Son preguntas diferentes, pero todas afectan a la misma cuestión: qué activo intelectual tiene realmente la empresa y qué puede hacer jurídicamente con él.

Tres frentes que se descuidan especialmente

El software: "lo hemos pagado, así que es nuestro". Es una de las suposiciones más peligrosas. Que una empresa haya contratado y pagado el desarrollo de una aplicación, una web o una funcionalidad no significa necesariamente que todas las cuestiones de propiedad intelectual hayan quedado resueltas. Cuando intervienen freelancers, agencias o distintos proveedores, hay que revisar qué se ha contratado, qué derechos se han cedido o licenciado y en qué condiciones; y tampoco conviene asumir que una relación laboral resuelve automáticamente la titularidad de todo lo que se genera durante ella. El objetivo no debería ser simplemente tener un contrato firmado, sino poder responder con seguridad a una pregunta muy sencilla: ¿puede la empresa demostrar que tiene los derechos que necesita sobre el software que constituye una parte esencial de su negocio?

La marca: años construyendo valor sin protegerla adecuadamente. Una empresa puede llevar cinco años utilizando una marca, tener miles de clientes y haber invertido una cantidad considerable en marketing y, aun así, descubrir que su posición jurídica sobre esa marca no es la que pensaba. Registrar una marca no es una formalidad administrativa: puede convertirse en uno de los activos más valiosos de un negocio digital, porque concentra reputación, reconocimiento y relación con el cliente. Además, antes de invertir seriamente en una denominación conviene comprobar si existen derechos anteriores que puedan generar problemas.

La IA: producir contenido no significa necesariamente tener todos los derechos. Una empresa puede utilizar IA para generar imágenes, textos, código, vídeo o materiales comerciales y asumir que, por haber generado el contenido con una herramienta que paga, puede utilizarlo sin más. Pero hay que separar varias cuestiones: qué condiciones establece el proveedor de la herramienta, qué materiales se han utilizado para generar el resultado, qué derechos pueden existir sobre elementos de terceros y qué nivel de intervención humana existe en el resultado final. Incorporar IA al proceso creativo no elimina la necesidad de revisar la propiedad intelectual: en algunos casos, hace que esa revisión sea todavía más importante.

El problema aparece cuando alguien pregunta: "¿de quién es?"

Una startup puede funcionar perfectamente durante años sin que nadie pregunte quién es titular del código. Hasta que llega una due diligence. Entonces aparecen preguntas muy distintas: ¿quién desarrolló este software?, ¿dónde están los contratos?, ¿se cedieron los derechos?, ¿qué ocurre con el código desarrollado por los freelancers?, ¿está registrada la marca?, ¿qué derechos tiene la empresa sobre estos contenidos?, ¿qué terceros tienen derechos sobre componentes del producto?

Una cuestión que puede parecer menor cuando la empresa está empezando puede convertirse en un problema relevante cuando hay que demostrar a un inversor, comprador o socio que los activos que está adquiriendo existen y pertenecen realmente a la compañía. La due diligence no crea el problema: lo descubre.

La propiedad intelectual no debería gestionarse como un trámite

La forma más útil de pensar en la propiedad intelectual dentro de una empresa digital no es como una carpeta de registros y contratos, sino como un activo empresarial que necesita una gestión continua. Cada vez que entra un desarrollador externo, se crea una nueva pieza de software, se lanza una marca, se encarga una campaña, se incorpora una tecnología de terceros o se introduce IA en un proceso creativo, puede aparecer una nueva cuestión de titularidad o de derechos de uso.

Por eso, la pregunta no debería ser "¿tenemos registrada nuestra propiedad intelectual?", sino "¿sabemos qué activos intelectuales tiene nuestra empresa, quién tiene derechos sobre ellos y podemos demostrarlo?". Ahí está la diferencia entre tener cosas de valor y tener activos jurídicamente bien asegurados.

La propiedad intelectual no es un trámite que se resuelve una vez: es parte de la infraestructura jurídica de una empresa digital. El momento adecuado para descubrir quién tiene los derechos sobre tu software, tu marca o tus contenidos no es cuando un inversor está haciendo preguntas o un comprador está revisando la compañía. Es bastante antes.

Preguntas frecuentes

Si hemos pagado el desarrollo de nuestro software, ¿ya es nuestro?

No necesariamente. Que la empresa haya pagado el desarrollo no significa por sí solo que la titularidad de la propiedad intelectual esté correctamente resuelta; depende de qué se haya pactado exactamente en el contrato con el desarrollador, freelance o agencia.

¿Cuándo suele descubrirse un problema de titularidad de propiedad intelectual?

Muy a menudo, en una due diligence previa a una ronda de inversión, una venta o una operación corporativa: es el momento en que se pregunta con detalle quién tiene los derechos sobre el software, la marca o los contenidos de la empresa.

¿Registrar la marca es lo mismo que tener resuelta la propiedad intelectual?

No. El registro de la marca es una parte importante, pero la propiedad intelectual de una empresa digital también incluye la titularidad del software, de los contenidos y de cualquier material generado con ayuda de terceros o de IA.

María J. Agudo

Escrito por

María J. Agudo · Abogado

Derecho mercantil, societario y compliance, con especialización en negocios digitales y acompañamiento a startups.

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